3/7/14

Mate en uno


Soy un ingeniero que desde muy chico comencé a practicar el juego de ajedrez. Si bien me apasionaba sobremanera, ya desde mi juventud, debido a mis estudios y luego por mis actividades laborales, siempre jugué como aficionado y nunca pude dedicarme al estudio para la práctica profesional de ese juego. Si bien conozco los conceptos básicos de aperturas, medio juego y finales, me convertí en un jugador autodidacta que dejé a mi propio criterio e inspiración la concepción del juego. Ahora, ya con mis cabellos canos, tengo mayor tiempo disponible y juego en un importante club de ajedrez.
Un día, me había inscripto para participar en uno de los torneos internos que en ese club se organizan asiduamente. En una de las primeras rondas, estaba disputando una partida con un chico de dieciocho años, que me habían dicho que jugaba muy bien y era una de las revelaciones del momento.  El muchacho jugó magníficamente la apertura y había quedado mejor en el medio juego, por lo que intenté simplificar al máximo la partida, como forma de tratar de aprovechar mi experiencia en los finales. Sin embargo, no logré el objetivo, y la partida se hizo realmente muy complicada, con muchísimas variantes.
Cuando en un momento determinado le tocaba mover, mi joven contrincante estuvo pensando muchísimo su jugada, mientras yo veía como avanzaba su reloj sin prisa y sin pausa. Parecía como que estaba sumergido en otro mundo, hasta que repentinamente y como un autómata, hizo una jugada insólita que me dejó pasmado. Evidentemente era un error absurdo e inaudito, que me dejaba la posibilidad de ganar directamente con mate en uno, realizando un jaque con mi caballo.
Mientras mi joven contendiente seguía mirando el tablero como si realmente no estuviese allí, yo cerré los ojos para ganar tiempo y preparar mi espíritu a una nueva contemplación más fría y serena. Quería asegurarme que mi vista realmente no me había engañado. Y al abrir otra vez los ojos, se incrementó todavía más la excitación en que se hallaban poseídos mis sentidos. Ya no era posible dudar, aún cuando lo hubiese querido. De modo que alcé el caballo prestamente con mi mano y al apoyarlo en el tablero le canté a mi rival: “¡Jaque mate!”
El muchacho se sobresaltó como si volviera repentinamente a la realidad. Miró incrédulo mi mano apoyando el caballo y las piezas en el tablero, sin poder comprender lo que había pasado. Luego de unos instantes inclinó su rey, me extendió su mano y me dijo que se había distraído en la partida, inmerso por completo en sus pensamientos. Me comentó que tenía que decidir si en las noches seguía dedicándose a jugar al ajedrez o comenzaba a cursar las materias de ingeniería en la facultad.
Entonces, con mi euforia apaciguada por haber ganado la partida de esa forma tan inusual, le dije con una sonrisa, que tal vez el destino haya elegido la mano de un ingeniero, para despertarlo con ese jaque mate y así ayudarlo a tomar esa trascendental decisión de su vida.