17/4/14

La partida final

El ganador 
Las reflexiones del abuelo tras sus gruesos anteojos fueron bruscamente interrumpidas por su nieto de catorce años, quien lo observaba con su mirada expectante.  La partida de ajedrez era el clásico del domingo para el chico, luego del tradicional asado del mediodía en casa de sus padres.
- Dale abuelo, que tus finales no te salvan hoy.
El abuelo analizaba profundamente la posición en el tablero con su típica parsimonia, mientras una sonrisa incipiente aparecía en su rostro. En  su mente, las diversas combinaciones le predecían su próximo triunfo.
- Abuelo, este libreto está llegando a su fin -, le dijo convincentemente el pibe, mientras el abuelo movía un caballo con sumo cuidado.
El nieto desde muy pequeño había aprendido a jugar al ajedrez y había comenzado a concurrir a una academia de su barrio para perfeccionarse. Era muy preciso en su juego y tan confiado en su memoria, que ya dominaba sin ningún titubeo muchas variantes de las aperturas.
En cambio su abuelo estaba retirado de las lides ajedrecísticas. Tenía la experiencia de haber participado en numerosos torneos en su juventud, y ahora apostaba casi todo a su habilidad para conducir los finales.
- Para vos la partida es siempre un libreto-, le dijo el abuelo.
- Tratás de ganar con estudios previos, análisis, desarrollo… Conocés muchos detalles, muchas variantes, muchas aperturas, mucho medio juego, pero en una partida de ajedrez eso no basta. Es en el final cuando llega la sorpresa y el golpe de gracia definitivo -, le refirmó.
- Eso lo decís vos porque nunca estudiaste y jugás de oído -, le replicó su nieto.
- No lo digo yo, eso lo dijo nada menos que el gran Capablanca -, le contestó el abuelo.
- Debés practicar los finales, si querés participar con éxito en los torneos de ajedrez - , le recalcó.
Su nieto no le respondió. Sabía que en el fondo su abuelo tenía toda la razón del mundo, mientras aceptaba confiado el cambio de damas. Estaba seguro que no iba a perder, porque la partida era muy pareja  y en principio lo tenía todo bien calculado.
Sin embargo, no pudo salir de su incredulidad, cuando luego de unos minutos de silencio su abuelo le anunció las próximas jugadas con su infaltable sonrisa.
- Con un jaque quedás perdido, porque te cambio todas las piezas y entro en un final con un peón pasado, contra tus dos peones doblados y atrasados.
El nieto hizo un gesto que delataba su sorpresa. Se quedó analizando la posición de ese final largo rato y evidentemente era así.
- Igual tendrías ventaja decisiva, si no te aceptaba el cambio de damas -, le dijo concluyendo la aseveración de su abuelo y sonriendo con resignación, mientras inclinaba su rey.
Durante los años siguientes la calidad de su juego fue progresando y la carrera ajedrecística del muchacho fue realmente meteórica, ganando numerosos torneos en su país. Era evidente que estaba surgiendo en el universo ajedrecístico una nueva estrella, con otros ojos, con otros conceptos y con otras ambiciones.
Hasta que a los veintidós años tuvo su gran oportunidad, cuando se clasificó por su país para participar en un importantísimo torneo internacional, con los adversarios más calificados del mundo. Tenía la ilusión intacta, que le abriría las puertas al reconocimiento general, con todo el tiempo por delante para llenar las páginas de su vida.
En el desarrollo de ese torneo tuvo una magnífica actuación y estaba invicto hasta llegar a la partida final de la última ronda que sería la definitoria. Debía jugar con blancas justamente con el gran favorito, que era considerado por su experiencia como uno de los mejores jugadores del mundo.
En esa partida final, al maestro favorito le bastaba con empatar para ganar el torneo, por lo que con sus piezas negras planteó una defensa francesa muy sólida. Sin embargo el joven jugador logró una pequeña ventaja en la apertura, y luego fue minando estratégicamente, una por una, las defensas que su adversario le fue oponiendo en el medio juego.
Por último, llegaron a un final que parecía muy difícil de definir, pero que el joven lo resolvió con una precisión magistral, que les hacía pensar a todos los analistas de ese juego, que ante ellos estaba nada menos que el alma del genial Capablanca.
Cuando el favorito del torneo completamente agotado y apesadumbrado, le tendió la mano para rendirse, las lágrimas de felicidad inundaban los ojos del muchacho. En medio de los aplausos, un grupo de amigos y simpatizantes inmediatamente lo rodeó para felicitarlo, mientras unos periodistas le sacaban fotos y buscaban grabar sus emocionadas palabras.
Evidentemente, había aparecido en el firmamento ajedrecístico una nueva y rutilante estrella, porque ese joven jugador había arrasado con los adversarios más calificados en ese importantísimo torneo internacional de ajedrez.
Y en esos momentos de gloria, no pudo menos que recordar a su querido abuelo, que hacía unos años ya se había ido de este mundo dejándole sus  enseñanzas y consejos. 

El perdedor 
Cuando bastante cansado se dio cuenta que no tenía alternativa alguna para salvar la partida, le tendió la mano a su rival para rendirse. Fue allí que repentinamente quedó completamente ignorado y solitario, en medio de  los aplausos y festejos al nuevo y joven campeón. Había conseguido el triunfo ganando la partida definitoria con él, que era el gran favorito, pero que ya tenía sus cuarenta y dos años cumplidos.
Sentado allí frente a ese mismo tablero, contemplaba al muchacho inmerso en sus recuerdos. Sabía por experiencia propia que esos instantes de felicidad lo acompañarían para siempre, sin importar cual fuera el curso de su vida futura.
Después de un tiempo prudencial, se levantó pesadamente de la silla y silenciosamente dirigió sus pasos para volver hacia su hotel. Cuando salió a la calle sabía que debía enfrentar una nueva jornada, después de la  triste derrota de esa noche.
En estado de completa depresión, buscaba en algún paraje solitario de su mente, alguna justificación técnica de esa partida, pero su única y real certeza en esos momentos era la incertidumbre sobre su futuro. Si bien había tenido numerosos traspiés en su vida ajedrecística, nunca había sentido una amargura semejante.
Algo se había quebrado en su interior y se sentía envejecido. Le parecía como que se le había apagado el fuego sagrado de su juego, la llama votiva de su inspiración. Era como si el motor que lo movilizaba había dejado de funcionar. Sentía un dolor agudo en el pecho, al ser consciente del grado de deterioro que se había producido en su juego, en esa partida definitoria del torneo. 
Pensaba que su vida ajedrecística por delante podría convertirse en un largo tormento, al ver que sus ilusiones de ganar este torneo tan importante se habían hecho añicos. En algún momento de su carrera, había pensado  firmemente en lograr el campeonato del mundo, pero ahora sentía que ya había perdido por completo esa esperanza que lo iluminara en otros tiempos.
Eran las dos de la mañana, cuando el perdedor llegó finalmente a la habitación de su hotel. Luego se recostó en la cama, fijando la vista en los mágicos contrastes sobre la pared provocados por el velador de la mesita de luz, que le parecían un enorme trebejo.
Al final de ese mismo día partiría de vuelta a su país, después de recibir el trofeo por el segundo puesto y el monto asignado para el premio, en la ceremonia de gala que se realizaría por la tarde.
Mientras trataba de dormir, permaneció un largo rato recostado, rodeado de miles de pensamientos que aguijoneaban su mente por lo que había ocurrido en esa noche, activando ese fuego que lo consumía. Quería tener un rato de sosiego en su mente, aunque le era muy difícil de lograr en esos instantes de tanta angustia.
Recién después de una hora logró conciliar el sueño. Pero el suyo no fue un sueño tranquilo. Fue una pesadilla poblada de imágenes extrañamente lejanas y cargadas de anhelos insatisfechos.
De repente, percibió con estupor que sus pies se hundían en un inmenso tablero de ajedrez, mientras las piezas lo miraban danzando risueñas. Sentía que su cuerpo penetraba con rapidez en ese tablero que se parecía a una ciénaga.
Al introducirse en las profundidades oscuras, comenzó a tener dificultades en la respiración. Hasta que al comprender que los pulmones ya le estaban por explotar, comenzó a rendirse, abandonándose inexorablemente ante esa fuerza contra la que no podía luchar.
Fue en ese momento, cuando se despertó sobresaltado y sacudiendo la cabeza se sentó en la cama como impulsado por un resorte. Trató de respirar con la boca abierta, luchando por llenar sus pulmones de oxígeno, mientras el corazón le palpitaba intensamente y gruesas gotas de sudor cubrían su frente.
Un agudo espasmo le oprimía el pecho mientras se reprochaba: “¿Cómo era posible que el paso de los años no fueran capaz de mitigar la pena de una simple derrota?” “¿Cómo era posible que ese traspié disparara esa andanada de emociones contenidas que moraban dentro de su ser?”
Lentamente, su ritmo cardíaco comenzó a normalizarse y la conciencia de la realidad lo fue devolviendo al tiempo presente, sobre esa cama de sábanas solitarias y revueltas. Miró hacia la ventana, donde las luces de las farolas de la calle se filtraban por las hendijas de la persiana hacia el interior de la habitación. Los tenues resplandores de las agujas del reloj le indicaban que eran las cuatro de la mañana.
Con la boca reseca, se incorporó lentamente y se dirigió hacia el pequeño refrigerador de la habitación. Abrió la puerta y vertió una abundante cantidad de agua fresca en un vaso, que luego bebió de un trago. La sensación que le había dejado aquel sueño aún perturbaba su espíritu.
El perdedor permaneció un largo tiempo acostado tratando de serenarse, hasta que finalmente, cuando el amanecer comenzó a iluminar tímidamente los edificios de la ciudad, logró nuevamente conciliar el sueño.
Y fue en ese nuevo sueño diurno, cuando apareció en su mente la luz de la esperanza, diciéndole que en el futuro la herida de su alma terminaría por sanar y que esa derrota no era más que un hecho circunstancial de su vida.
Y en esos sueños, el perdedor volvió a salir a la calle con el propósito de reencontrar sus ganas de luchar en algún paraje solitario del camino de su vida. Iba a enfrentar una nueva jornada cargando esa pesada mochila sobre sus espaldas, pero con la firme determinación de seguir adelante.
Nuevamente ansiaba ahora volver a competir para revertir esa derrota y sentía en su alma ajedrecística, que a pesar de sus años, todavía podría realizar numerosas partidas magistrales que le reconfortarían su espíritu.
Era como si esa pesadilla pesimista que lo había perseguido durante la noche, se hubiese apagado entre esas mismas sombras, esperando por un nuevo día, esperando por la luz del sol, esperando por un mañana promisorio.

Versiones ilustradas por Frank Mayer
Primera parte "El ganador" en castellano.
Primera parte "El ganador" en alemán.

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